Niños de ciudad - El verano en un pueblo de Toledo (Años 1960)
¿A qué te acuerdas...?
De jugar en la calle...
De la tienda de "ultramarinos" que te "fiaba"...
De las cántaras de leche...
De la habitación del pueblo de tus abuelos...
De jugar con las chapas...
Del "seiscientos" de papá, que cabíamos todos y las maletas...
De cocinar en la lumbre...
De las tardes de domingo jugando al parchís...
De cuando la familia iba a trillar... Y nos tirábamos desde el trillo...
De las abuelas haciendo punto a las puertas de sus casas...
De las palanganas, las patatas y los higos secos en la "troje", de los zancos con latas, la fotografía con el mapa de España en las escuelas, las canicas, los pantalones de pana, los resbaladeros, las calles con piedras y arena...
El pueblo era un sin fin de nuevas experiencias... Para los que veníamos de la ciudad... Algo que no olvidaremos nunca jamás...
NIÑOS DE CIUDAD
El verano en un pueblo de Toledo (Años 60)
Aquellos veranos que nunca volverán…
Llegaba el verano, sonaban las campanas,
y el pueblo despertaba entre calles empedradas.
Venían de la ciudad, con maletas y emoción,
los niños que encontraban en el pueblo otro corazón.
¡Qué mundo tan distinto, qué inmensa libertad!
No había prisas ni relojes, ni ganas de regresar.
Las calles eran nuestras, el cielo nuestro tejado,
Estaban los ultramarinos, aquella tienda especial,
donde el tendero nos fiaba con confianza familiar.
Las cántaras de leche, recién ordeñada,
y el olor de las cocinas, de lumbre siempre encendida.
La casa de los abuelos, con su habitación antigua,
sus colchones de lana y aquella paz tan tranquila.
Las palanganas, las patatas guardadas en la troje,
los higos secos esperando a que llegara la noche.
El seiscientos de papá, ¡qué maravilla de viaje!
Cabíamos todos dentro, junto a las maletas del equipaje.
Por aquellas carreteras, rumbo al pueblo soñado,
donde cada verano éramos niños afortunados.
Las tardes de domingo tenían otra dimensión,
el parchís sobre la mesa y reunida la familia alrededor.
Mientras las abuelas hacían punto a la puerta,
pasaban las horas despacio, con la conversación abierta.
Y llegaba la trilla, bajo un sol abrasador,
con las mulas dando vueltas y el trigo alrededor.
Nos subíamos al trillo, ¡qué aventura tan sencilla!,
y nos tirábamos al suelo entre la paja de la trilla.
En las escuelas, un mapa de España en la pared,
pupitres de madera y una infancia por aprender.
No había videojuegos, ni móviles, ni televisión,
pero sobraban las aventuras y faltaba preocupación.
Una piedra era un tesoro, una cuerda una diversión,
y cualquier amigo del pueblo se convertía en un hermano de corazón.
Eran calles de piedras, de arena y de polvo,
de puertas siempre abiertas y vecinos de todos.
De saludos en las plazas, de noches estrelladas,
de historias junto al fuego y de puertas entornadas.
¡Ay, aquellos pueblos de nuestra provincia toledana!
Con sus gentes sencillas y sus costumbres de antaño,
donde el tiempo caminaba sin apenas hacer ruido
y la felicidad se encontraba en lo más sencillo.
N
Éramos niños de ciudad, pero allí echamos raíces,
entre abuelos, primos y amigos, vivimos días felices.
El pueblo era un universo, una aventura sin final,
Hoy volvemos la mirada y sentimos emoción,
porque aquellos años dejaron huella en el corazón.
Ya no están algunas casas, ni aquellas voces queridas,
pero siguen en nuestra memoria las mejores cosas de la vida.
Porque no eran solamente vacaciones de verano,
eran los abrazos de los abuelos, el olor de aquel hogar,
la libertad de ser niños, el placer de jugar…
Éramos niños de ciudad que descubrimos en los pueblos de Toledo
una forma de vivir que el tiempo nunca podrá borrar.
Y aunque hayan pasado tantos años,
si cerramos los ojos… todavía estamos allí.
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