Subiendo hacia "El Piélago"
Sierra de San Vicente
Aquí, donde se pierde la vista
y el horizonte aprende a callar,
donde los recuerdos nacen y mueren
como la niebla al despertar.
Sierra de San Vicente,
qué perfecta eres en tu silencio antiguo,
en tus piedras que guardan nombres
y en tus caminos que saben de regreso.
El viento pronuncia lo que no digo,
los pinos escuchan lo que fui,
y el tiempo, rendido, se detiene
para mirarte existir.
Aquí quiero que mi cuerpo duerma,
fundido a la tierra que me nombra,
y que mi alma vuele libre,
ligera, sin miedo, sin sombra.
Porque hay lugares que no se visitan:
se pertenecen.
Y tú, sierra eterna,
eres hogar.
Zona Campamento
"El Piélago"
Dicen que Viriato estuvo por estas tierras.
Y cuando lo dicen, la sierra escucha.
En El Piélago, entre los pliegues ásperos de la Sierra de San Vicente, la tierra aún guarda huellas que no se ven, pero se sienten. Allí, donde la niebla baja como un manto antiguo y el viento aprende a callar, caminaron los guerreros lusitanos. Hombres curtidos por la escasez, hijos del monte, de la piedra y del fuego breve en la noche.
Las legiones avanzaban con su hierro brillante, con sus estandartes seguros de la victoria. Pero aquí, entre robles retorcidos y sendas que solo conocen los pastores y los lobos, el orden romano se deshacía. Porque Viriato no combatía como Roma esperaba. Combatía como la sierra: apareciendo y desapareciendo, golpeando y fundiéndose de nuevo con la tierra.
En estas alturas, lejos del clamor del combate, Viriato también lloró. Lloró por su familia perdida, por los amigos traicionados y asesinados por la ambición de Roma. Lloró por un pueblo condenado a resistir para no desaparecer. La sierra lo vio arrodillarse en silencio, con la espada clavada en la tierra, como si pidiera perdón por seguir luchando… o fuerzas para no rendirse.
Pero aquí, en El Piélago, Viriato no murió. Aquí sigue siendo viento entre las encinas, sombra al caer la tarde, nombre susurrado por la niebla cuando la sierra se cierra sobre sí misma. Aquí sigue siendo el azote de Roma, el pastor que se alzó contra el imperio, el hombre que enseñó que incluso el poder más grande puede temblar ante quien conoce y ama su tierra.
Y la sierra, paciente, aún lo recuerda.
Viriato... El azote de Roma
Dicen que Viriato estuvo por estas tierras.
Y cuando lo dicen, la sierra escucha.
En El Piélago, entre los pliegues ásperos de la Sierra de San Vicente, la tierra aún guarda huellas que no se ven, pero se sienten. Allí, donde la niebla baja como un manto antiguo y el viento aprende a callar, caminaron los guerreros lusitanos. Hombres curtidos por la escasez, hijos del monte, de la piedra y del fuego breve en la noche.
Roma los buscaba.
Roma los temía.
Las legiones avanzaban con su hierro brillante, con sus estandartes seguros de la victoria. Pero aquí, entre robles retorcidos y sendas que solo conocen los pastores y los lobos, el orden romano se deshacía. Porque Viriato no combatía como Roma esperaba. Combatía como la sierra: apareciendo y desapareciendo, golpeando y fundiéndose de nuevo con la tierra.
Aquí se escondió.
Aquí fue invisible.
La niebla era su aliada. En ella, los pasos se apagaban y los escudos no reflejaban nada. Los romanos juraban oír voces, ver sombras que se movían sin dejar rastro. El azote caía rápido y preciso, y cuando intentaban responder, solo quedaba el eco.
Pero no todo era guerra.
Pero no todo era guerra.
En estas alturas, lejos del clamor del combate, Viriato también lloró. Lloró por su familia perdida, por los amigos traicionados y asesinados por la ambición de Roma. Lloró por un pueblo condenado a resistir para no desaparecer. La sierra lo vio arrodillarse en silencio, con la espada clavada en la tierra, como si pidiera perdón por seguir luchando… o fuerzas para no rendirse.
Sus guerreros lo rodeaban sin palabras. Sabían que aquel hombre no luchaba por gloria, sino por dignidad. Por la libertad de seguir llamando hogar a estas montañas.
Roma nunca pudo vencerlo en campo abierto.
Por eso lo mató con traición.
Roma nunca pudo vencerlo en campo abierto.
Por eso lo mató con traición.
Pero aquí, en El Piélago, Viriato no murió. Aquí sigue siendo viento entre las encinas, sombra al caer la tarde, nombre susurrado por la niebla cuando la sierra se cierra sobre sí misma. Aquí sigue siendo el azote de Roma, el pastor que se alzó contra el imperio, el hombre que enseñó que incluso el poder más grande puede temblar ante quien conoce y ama su tierra.
Y la sierra, paciente, aún lo recuerda.
VÍDEO "EL PIÉLAGO"
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