Atardecer sobre el río Tajo
Bajo el cielo cansado del ocaso,
el Puente Viejo guarda silencio,
piedra sobre piedra, tiempo sobre tiempo,
abrazando el murmullo del Tajo.
El río se viste de luces doradas,
recoge torres, tejados y sueños,
y Talavera, reflejada en su espejo,
se vuelve historia líquida y viva.
Campanas lejanas besan el aire,
la noche se insinúa despacio,
y el agua, fiel confidente,
susurra lo que el tiempo no borra.
Talavera arde en calma al atardecer,
ciudad de alma antigua y mirada eterna,
mientras el Tajo, sereno, promete
llevar su nombre hasta el fin de los días.
El río, eterno y paciente, recoge en su superficie el reflejo de la monumentalidad talaverana.
No es solo un espejo de luces, sino de historia: murallas, iglesias y calles que han visto pasar generaciones enteras. Cada destello sobre el agua es un recuerdo, una vida, una palabra dicha al caer la tarde.
Las farolas comienzan a encenderse y su brillo dorado se mezcla con el azul del crepúsculo. Talavera no duerme aún; sueña despierta. Desde la orilla, el murmullo del agua parece contar historias antiguas, mientras el puente romano une no solo dos orillas, sino pasado y presente, piedra y alma.
Las farolas comienzan a encenderse y su brillo dorado se mezcla con el azul del crepúsculo. Talavera no duerme aún; sueña despierta. Desde la orilla, el murmullo del agua parece contar historias antiguas, mientras el puente romano une no solo dos orillas, sino pasado y presente, piedra y alma.
Y allí, frente al Tajo, uno comprende que hay lugares que no solo se miran: se sienten. Talavera, reflejada en el río, se muestra serena, orgullosa y eterna, como si supiera que seguirá viviendo mientras alguien se detenga a contemplarla al caer la tarde.
Fuente de los Patos
Nostalgia
El pequeño pabellón, vestido de blanco y azul, se alza como un cuento de cerámica y cal, testigo discreto de paseos lentos, de risas infantiles y de miradas perdidas en tardes de verano. Sus balcones parecen asomarse al pasado, como si esperaran todavía a alguien que vuelve, como si el tiempo aquí no tuviera prisa.
El agua, suave y luminosa, abraza la fuente central, donde los patos imaginarios —los de ayer y los de siempre— parecen seguir nadando en la memoria. Todo es quietud y armonía: los azulejos, las escaleras, la baranda azul que delimita un pequeño mundo donde la ciudad queda lejos, aunque esté justo al lado.
Y alrededor, los árboles velan el lugar con sombra generosa, mientras Talavera observa desde la distancia, orgullosa y discreta. Porque esta fuente no es sólo agua y cerámica: es infancia, es paseo, es domingo, es recuerdo. Es un rincón donde el corazón vuelve a casa sin darse cuenta.
La Fuente de los Patos no habla, pero quien la mira sabe que guarda historias… y que, al marcharse, deja siempre una parte de sí reflejada en sus aguas tranquilas. 💙
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@david.m.r31
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