Bajo el cristal azul del mar profundo
late un jardín sin tierra ni senderos:
un arrecife en llamas y en susurros,
tejido de corales verdaderos.
Rojos que arden, violetas que respiran,
ramas de sol en lenta floración;
la piedra viva sueña, se ilumina,
y aprende el arte eterno de la unión.
Entre sus brazos danzan los peces,
chispas de oro, zafiro y coral,
pintando el agua con breves destellos
como un cielo en movimiento total.
Azules que se cruzan, amarillos que huyen,
rayas, puntos, relámpagos de luz;
cada aleta es un verso que fluye
en la música líquida del sur.
Y el mar, guardián de tanta belleza,
los mece en su pulso ancestral:
un arrecife —poema sin tristeza—
que canta la vida en su estado más vital.
La fotografía muestra un vibrante arrecife de coral bajo el agua, lleno de vida y color. En el centro destaca una gran formación de coral ramificado de tonos rojos y anaranjados, rodeada por una gran variedad de peces tropicales que nadan en distintas direcciones.
Se ven peces de colores intensos —azules eléctricos, amarillos brillantes, blancos y negros— con formas variadas, desde peces planos y ovalados hasta otros más alargados. En la parte superior izquierda aparece una tortuga marina nadando con calma, mientras que en el fondo del arrecife se distinguen estrellas de mar rojas y corales de diferentes texturas y colores, que van del azul al violeta y al verde.
La luz del sol atraviesa el agua clara, creando un ambiente luminoso y cristalino que realza los colores y transmite una sensación de equilibrio, riqueza natural y biodiversidad marina. Es una escena que evoca la belleza y la fragilidad de los ecosistemas oceánicos.
El anciano clava el tiempo
con chinchetas oxidadas.
La pared, antes desnuda,
aprende a recordar.
Una foto junto a otra:
la infancia en sepia,
un pantalón corto,
rodillas heridas
y un sol que ya no quema igual.
Más arriba,
un rostro joven que no reconoce del todo,
pero que fue suyo:
manos firmes,
mirada sin miedo,
un futuro sin arrugas.
Coloca amores
como quien ordena constelaciones:
una sonrisa que se fue,
unos ojos que prometieron quedarse,
un vestido que aún cruje
cuando el silencio es grande.
Hay huecos.
Siempre los hay.
Espacios donde faltan nombres,
días que nadie fotografió,
ausencias que pesan más
que los marcos.
El anciano da un paso atrás.
La pared ya no es pared:
es un collage de latidos,
un mapa irregular de su vida.
No sonríe.
Asiente.
Porque al final,
aunque el cuerpo se apague despacio,
todo lo vivido
sigue colgado,
resistiendo.

























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