miércoles, 17 de diciembre de 2025

Faros en las costas (El rayo de luz que guía a los barcos) - Cuadros y fotografías en movimiento

Faros en las costas (El rayo de luz que guía a los barcos) - Cuadros y fotografías en movimiento
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Historia de un faro centenario
 
Me levantaron frente al mar cuando el mundo aún creía en la eternidad.
Piedra a piedra, manos curtidas me dieron forma mientras el salitre ya me nombraba suyo. Yo no sabía qué era el tiempo; solo sentí, desde el primer día, el peso del viento y el latido profundo del océano golpeando mis cimientos. Nací para vigilar, para advertir, para salvar.
 
Durante años fui un ojo despierto en la noche. Mi luz giraba lenta y constante, como un corazón que no se permite fallar. Vi barcos temblar en la oscuridad y hombres rezar mi nombre sin conocerlo. Vi regresos celebrados y despedidas que no volvieron. Cada destello mío era una promesa: no estáis solos. Y yo cumplía.
 
Escuché risas en la casa del farero, pasos al amanecer, el tintinear del metal cuando alguien subía a cuidarme. Aprendí los nombres de quienes me habitaban, aunque ellos jamás aprendieron el mío. Fui hogar, refugio, testigo silencioso. En mis muros se apoyaron cansancios y esperanzas. Yo guardé todos esos secretos sin pedir nada a cambio.
 



 
El tiempo pasó, como siempre pasa, sin pedir permiso. Los barcos cambiaron, el cielo se llenó de otras luces más frías, más altas, menos humanas. Un día dejaron de subir. Mi lámpara se apagó sin despedida. Y el silencio, ese viejo amigo del mar, se instaló en mí como una herida.
 
Desde entonces, el viento me atraviesa sin respeto. La sal me come por dentro. Mis piedras se agrietan, mi escalera se oxida, mis paredes lloran polvo. Ya no vigilo, ya no guío. Solo resisto. Cada tormenta me arranca un recuerdo, cada invierno me roba un poco de cuerpo. A veces creo escuchar pasos que ya no existen, y me duele más eso que el abandono.
 
Pero sigo aquí. Inclinado, herido, roto… aún en pie. Porque aunque nadie me mire, aunque mi luz no vuelva a encenderse, todo lo que fui sigue viviendo en mí. Fui esperanza en la noche. Fui promesa contra el naufragio. Fui hogar.
 
Y ahora, en mis ruinas, espero. No sé qué. Tal vez una última mirada. Tal vez el mar reclamándome del todo. Tal vez que alguien entienda que incluso los faros, nacidos para dar luz, también se cansan de esperar ser vistos.
  
Yo soy ese faro.
Y esta es mi historia.
 




 
Faro centenario
 
En la cornisa del tiempo, vigía cansado,
un faro centenario inclina su memoria.
La sal le ha escrito arrugas en la piedra
y el viento le susurra el final de la historia.
 
Alzado sobre un acantilado herido,
clava su raíz en la noche marina;
pero la roca, cansada de sostener sueños,
se deshace en suspiros de cal y neblina.
 
Aún enciende su ojo, viejo y fiel,
como quien ama aunque sabe que pierde.
Su luz tiembla, no por miedo al abismo,
sino por despedirse de todo lo que recuerde.
 
Bajo él, el mar mastica siglos de nombres,
barcos salvados, promesas, regresos.
Cada grieta del muro guarda un naufragio,
cada derrumbe, un silencio espeso.
 
Y cuando caiga —porque todo cae—
no será ruina, ni olvido, ni herida:
será una estrella apagándose despacio
para alumbrar por última vez la vida.
 









 
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