El sol se alzaba perezoso sobre el horizonte cuando divisé las murallas de Caesarobriga. Después de tantos meses en campaña, luchando contra tribus rebeldes en los confines de Hispania, el solo hecho de ver la ciudad me llenó de un extraño sosiego. Sus muros de piedra, reforzados tras años de dominio romano, se alzaban firmes, desafiando el tiempo y la guerra.
Al acercarme, noté el bullicio del mercado matutino. Los mercaderes gritaban sus precios, ofreciendo desde ánforas de aceite hasta telas traídas de Tarraco.
Un grupo de niños corría entre los puestos, ajenos a las preocupaciones de los adultos. Algunos hombres, con túnicas sencillas y rostros curtidos por el sol, hablaban en la lengua de los vettones, aunque cada vez más mezclada con el latín.
Caesarobriga era una ciudad de frontera, donde Roma imponía su orden, pero las viejas costumbres aún resistían.
Caminé por las calles empedradas, notando cómo la ciudad había cambiado. Un nuevo templo a Júpiter se erigía cerca del foro, sus columnas blancas resplandeciendo con la luz de la mañana. No lejos de allí, una taberna dejaba escapar el aroma del vino y el pan recién horneado. Mi estómago rugió, recordándome que llevaba demasiado tiempo alimentándome de raciones de campaña y carne seca.
Algunos de mis compañeros, que habían regresado antes que yo, bebían y reían en una esquina, contándose historias de batalla con el entusiasmo de los que sobreviven para narrarlas.
Me acerqué, sintiendo el peso de la espada en mi cinto y el polvo del camino aún pegado a mi piel. Habíamos luchado, habíamos sangrado por Roma, y ahora, al menos por un tiempo, podíamos descansar bajo la sombra de sus muros.
Caesarobriga nos recibía como hijos pródigos, pero en el fondo todos sabíamos que la paz nunca duraba demasiado.
Pronto, nuevas órdenes llegarían, nuevos enemigos se alzarían, y una vez más, partiríamos hacia la guerra. Pero por ahora, el olor del pan caliente y el eco de las risas bastaban.
Había vuelto a casa.
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